EL BLOG DE UNAI SORDO

Unai Sordo

Secretario General de CCOO

Me han dicho que nací un 2 de octubre de 1972. En el hospital público de Cruces en Barakaldo. Como Antonio Gala, Gandhi o Marx (Groucho). Como ellos, me refiero a la fecha, porque estos ilustres de Cruces no son…

En una presentación de estas características has de poner cosas que no dice de ti Wikipedia. Si no, ¿para qué? Estudié en un Colegio Público (Zurbaran de Bilbao; sí, es sin tilde), un instituto público (Gabriel Aresti) y una Universidad Pública (la UPV-EHU). Por tanto ante todo soy deudor social. Ahora se lleva más destacar biografías tipo «self made man«, pero no. Es bueno recordar que no serías nada sino fuera por lo que hemos hecho en común y puesto a disposición de todas y todos. La sanidad pública es nuestra civilización. Nada nos explica mejor que cómo nos curamos o cómo nos cuidamos. Cualquiera que no tenga claro eso en su biografía ya está en el marco conceptual de los malos. Qué le vamos a hacer: cuando se recuerda con cierta nitidez aquellos tiempos de coderas y rodilleras remendadas, de jerseys heredados de primos, o de estar pendiente de las becas, estas cosas se tienen claras. O se deberían tener.

Terminé el colegio cuando en el sitio de mi recreo se empezaban a hacer pabellones tapados para resguardarse de la pertinaz lluvia del Bilbao de entonces. Me fui con la frustración de no haber roto suelas bajo techo y haberlo tenido que hacer habitualmente empapado de agua, lo que sin duda deterioró el cuero cabelludo de la parte posterior de la cabeza, como el tiempo se encargó de demostrar. Frustración a añadir a la de no haber entendido nunca lo que era un “mol”, ni las llamadas «valencias», los electrones y esas cosas. Abstracciones que nunca pude no ya entender, sino ni siquiera ubicar. Si, era mucho más de letras y entendía las metáforas mejor que las integrales y las derivadas.

Todavía aquel tiempo era de aprender con la ayuda del rigor anatómico de un nudillo en la cabeza, y algo de física a través de apuestas sobre cuantos newtons eran necesarios para desplazar una cabeza, sopapo de algún profesor mediante. Y es que entre el profesorado aún quedaban rastros y restos de lo que eran los estertores del franquismo y sólo algo después llegaron los aires nuevos del profesorado renovado y juvenil. La hora del recreo y el fin de la clase se anunciaba con las estaciones de Vivaldi. «Ustedes confuden la libertad con el libertinaje», también nos decían. Y yo, la verdad de la buena, no sabía muy bien a que se referían con el libertinaje pero sonaba a algo terrible, como saltarte la fila o rezar aprovechando el anonimato que otorgan las cuarenta infantes voces recitando al unísono «Padrenuestro, mecagüen el maestro, tapao con adobes, metido en un cesto». En todo caso, algo terrible esto del libertinaje…

Hice mi primer pinito revolucionario llevando a clase, aún no sé yo a santo de qué, un enorme cartel de papel con la “boda” de Felipe González y Reagan. Supongo que sería por la campaña anti-OTAN, creo que del EMK, y lo arrancamos un compañero de clase y yo de una pared. Lo llevamos a clase y lo pegamos en el corcho  y no conllevó, que recuerde, mayor castigo. Con once o doce años.

La indulgencia del profesorado ante aquel desacato contrasta con otra anécdota absurda que a punto estuvo de costarme la expulsión temporal «del cole». Mi compañero de pupitre encendió accidentalmente una radio en clase. Resulta que la radio era mía (la había llevado para un ejercicio de lengua consistente en describir un objeto, que obviamente era tal radio). Las explicaciones no fueron convincentes (resulta que nadie había sido tan diligente como yo y había llevado el objeto en cuestión a clase para comprobar la exactitud de la descripción) y por tamaña tontería pasamos un susto de muerte. Eso sí, descubrí la delgada linea que separa ser diligente de hacer el panoli…

Esta desproporción en los castigos, este pésimo criterio a la hora de estimular el reflejo condicionado que mis profesores demostraron entonces, sin duda fue el inicio del relativismo de la LOGSE y el fin de las certezas eternas. Y así acabamos, claro. Al modo que denunciara Nietzsche mataron a dios, las preguntas-respuestas del catecismo y su inconfundible cadencia lectora y en lugar de descriptor de radios, me hice rojo.

Mi barrio, Uribarri en la linde con Zurbaran, era de cascotes, casas viejas derruidas y que estuvieron abandonadas durante años, donde anidaba algún borracho cuando los borrachos acababan siendo símbolos de barrio, y por donde entrábamos a recoger el balón que algún borrico había tirado allí, entre alguna rata que otra de tamaño XL. Nunca vi a ningún hombre de aquellos que regalaban droga en caramelos y llegamos a tener una fábrica, la de Echevarría en sus últimos años de funcionamiento echando humo a apenas 200 metros del cole y a poco más de casa.

Del instituto me marché cuando el patio exterior pasaba a ser cubierto. Siempre llegué tarde a las cubiertas, y quizás por eso fui de los que no se hizo abertzale en el insti. Allí, consolidé mi incapacidad de entender los moles arrastrada desde el cole, y continuó la relación tóxica con las integrales y las derivadas.

En cambio los comentarios de texto sobre prosa y verso me situaban en la parte noble de la clase. Miradas indefinibles de compañeros que ante la explicación a una metáfora, dudaban de si aquello era cuestión de imaginación o de estar como un cencerro. Duda razonable.

Las mejores profesoras y quizás las peores. Se podía dar clase seduciendo y manteniendo a raya aquellas jaurías. Fue una bofetada de libertad, de huelgas, de nuevos ambientes. Y del sectarismo político que se manifestaba patente en los últimos ochenta, de una forma explícita. Lesiva.

En el barrio se habían dejado de escuchar tantas historias de drogas y peleas en las discotecas de barrio. Porque había discotecas en el barrio… Cadáveres con piernas que todavía duraron unos cuantos años más deambulando por las calles, recordaban dramáticamente que por ahí no.

La Universidad y el Graduado Social de entonces, posterior Relaciones Laborales. Cuando llegué conocí la universidad a distancia. Porque a distancia estaba el profesor, en una clase de más de 300 alumn@s, a lo lejos, pequeñito, minúsculo. En una tarima para que desde el fondo sur le intuyéramos hablando de Taylor, Beveridge, varianzas o contingencias comunes.

El primer año, en los bajos de Enfermería donde ubicaron la Esucela Universitaria de Graduado Social, nos caían partículas tóxicas por las cañerías(creo recordar que isotopos o algo así -no es broma- )o al menos eso se denunció. Aciertan: cuando me marché de la Uni de Lejona -así la decíamos- iniciaban la construcción de la nueva Escuela de Relaciones Laborales, un magnífico edificio al que sólo volví, años después, a dar charlas sobre trabajo, juventud y sindicalismo. Por tanto además de deudor social soy, como mi generación, de los que llegaron tarde a todo. O pronto, según se mire.

Fui reparte-pasteles desde el final del insti hasta años después de terminada la carrera. Fines de semana y temporada alta en bautizos, bodas y comuniones, es decir, Fiestas de Guardar (lejos, si es posible…) Oficinista un tiempo, repartidor de propaganda. Porque casi nadie se acuerda de las brutales tasas de paro que tuvimos a mediados de los 90. Estuve dos veces en la campaña de la fresa en Castronuño, pueblo en el que quedaron muchos de los mejores jirones en veranos y escapadas «soy freserooo, y temple mi corazón con horquín y manojooo», cantando esas chorradas nos entreteníamos.

Y en Castronuño se produjo el segundo acto revolucionario, ya en 1991, al intentar tomar el palacio de invierno y colocar a un pastor del pueblo como alcalde, secretario y cura a la vez. Si llegamos a pillar el CGPJ…Se lo fuimos a explicar a los interesados en alegre comandita bolchevique. Pero no les gustó la idea. Bueno, tal vez fuera la idea o tal vez la hora de la explicación: las 3 de la mañana de un 31 de julio no son horas de derrocamientos, debieron pensar. La Guardia Civil y el Juez pensaron lo mismo que ellos. Ya se sabe, los poderes fácticos es lo que tienen, que se confabulan y te meten un arresto domiciliario o una multa a la que te descuidas. Así eran los veranos. 

Luego llegaron otros tiempos. Nunca cuento cosas realmente personales. Solo que falleció la persona más importante que puede haber, la mejor persona del mundo, mi ama, y llegó otro tiempo. Otra vida para mí y mis dos hermanas. El trabajo en el sector de la madera durante unos años y finalmente el sindicato. Cómo pasa algunas veces en la vida, casi por casualidad al coincidir el final de un contrato de tres años (un contrato de obra y servicio en fraude de ley que demandé y concilié antes de llegar a juicio) y la llegada de un congreso en que me ofrecieron asumir de forma parcial la secretaría de juventud de CCOO de Euskadi. Dije que no primero y luego que si, a fin de cuentas era la forma de continuar con la militancia que ya ejercía antes de forma compatible con un tiempo que me iba a tomar para formarme en prevención de riesgos laborales, aprovechando durante unos meses la prestación de desempleo (la paguita, ya saben) y las setecientas y pico mil pelas de la conciliación por el despido del contrato de obra en fraude de ley. Y así, a lo tonto, empezó la cosa. Pero a partir de aquí, eso ya sale en Wikipedia y, entre nosotros, es menos divertido que el tiempo de cuando aquellos viejos trenes iban hacia el norte…

PD: Nunca me imaginé que llegaría a eliminar el contrato de obra o servicio de la legislación laboral española. Pero como decía el otro «sorpresas te da la vida…». Sirva de homenaje a todas las cubiertas a las que no llegué o se fueron en mi vida.