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Políticas reales, no amagos. Ahora sí toca.


La crispación de la vida política instalada en España llega al esperpento en la Comunidad de Madrid. Que una opción -la de la actual presidenta- acuñe el slogan “Comunismo o libertad” es la traslación ibérica del trumpismo más desvergonzado. Sin embargo este tono que promueve una parte de la política acaba contaminando el debate general y eso es bastante peligroso.

Lo es porque debilita la convivencia; pero lo es sobre todo porque las fuerzas políticas de izquierdas se pueden ver tentadas a  que la disputa de ese terreno “cultural” o “simbólico” les lleve a descuidar las políticas reales y materiales, tan necesarias para la mayoría social. Necesarias para sostener el día a día de millones de personas, pero también para la caracterización que esas personas hagan sobre por dónde deben discurrir las políticas públicas en los próximos años.

Cada vez tengo la impresión más clara que lo que va a definir mayorías y minorías, incluso pautas de hegemonía de pensamiento social, en los próximos tiempos, va a ser una ancho espectro social -a veces silencioso, a veces menos- que vive en un balanceo entre la precariedad y la incertidumbre.

…muchos de los movimientos políticos de esta última década tienen que ver con  qué opciones de conformación de sociedad (opciones políticas por tanto) se legitiman mayoritariamente para “coser” esas “costuras deshilachadas” que la crisis del 2008 descosió

Si algún fenómeno está estudiado sociológica y socio-económicamente en la última década, es el deterioro de las condiciones materiales y las expectativas de vida de lo que se suelen denominar “clases medias”. Y muchos de los movimientos políticos de esta última década tienen que ver con  qué opciones de conformación de sociedad (opciones políticas por tanto) se legitiman mayoritariamente para “coser” esas “costuras deshilachadas” que la crisis del 2008 y su gestión austericida descosió. Dicho de otra manera, quién y con qué argumentos o ideas aglutinantes convence a las “clases medias proletarizadas”, y las “clases medias aspiracionales”.

Atendamos algunos de los primeros pasos de la administración Biden. El Presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, representa como pocos el puro stablishment norteamericano, la parte más previsible del partido demócrata. Ni comunismo, ni socialismo, ni siquiera social-democracia. Sin embargo el plan de inversión pública anunciado por su administración -más de 2 billones de dólares a añadir a las cantidades ya movilizadas hasta ahora- va a dejar muy corto el plan de recuperación europeo NGUE; su apuesta por subir el salario mínimo de 7,25 a 15 dólares por hora, duplicaría -de materializarlo- el que tenemos en España; la secretaria del Tesoro pide un impuesto de sociedades con un mínimo a escala global para las multinacionales nítidamente por encima del 20% (recordemos que en España el tipo medio efectivo sobre resultado contable positivo que pagan las empresas está en torno al 8,2%).

¿Se ha vuelto un peligroso radical izquierdista Biden? Obviamente no. Pero EEUU aborda la salida de una crisis sin precedentes tras la pandemia que llega, a su vez, tras haber probado ya la medicina del trumpismo y su apuesta des-civilizatoria.

existen también las “opciones por exclusión”: las que partiendo del individualismo y de los dogmas de un liberalismo “de garrafón”, apuestan por la segregación como forma de “rescatar” una parte de esas clases medias con su vida deteriorada

Está en disputa cómo rehacer niveles tolerables de cohesión social. Por la vía de lo que podríamos llamar “opciones por inclusión”: la renovación de un contrato social en el siglo XXI puede partir de una perspectiva progresista de la sociedad. La izquierda debe empeñarse en una política fiscal suficiente, progresiva y adaptada a las complejidades de un Siglo XXI donde los contribuyentes no son únicamente personas físicas y jurídicas estáticas propias de economías industriales. La distribución de la renta y la riqueza siguen siendo claves, así como dotarnos de una infraestructura de servicios públicos y de responsabilidad pública que reduzca las brechas de desigualdad que amenazan con enquistarse o ensancharse.

Pero existen también las “opciones por exclusión”: las que partiendo del individualismo y de los dogmas de un liberalismo “de garrafón”, apuestan por la segregación como forma de “rescatar” una parte de esas clases medias con su vida deteriorada. La ficción de incrementar su renta disponible a cambio de “bajar impuestos” aunque conlleve devaluar la cobertura de servicios públicos y de recursos puestos en común; la segregación educativa (pagada entre todos y todas, eso sí) para “ghetizar” a quienes están abajo; el nacionalismo, el corporativismo, la insolidaridad. Las consecuencias últimas del racismo y la xenofobia. Son pulsiones que viven latentes en la seducción que personajes como Trump o Bolsonaro han personalizado, y que tiene replicantes en Europa y en España, como vemos todos los días. En prime-time.

Desde esta perspectiva, la actual reivindicación sindical en España cobra una dimensión vital. No me extenderé porque es conocida y alargaría esta entrada en exceso. Pero la evolución de los salarios más bajos, los que apenas permiten una suficiencia vital, es clave. Hay más de dos millones de personas cuyos ingresos dependen del SMI. Seguir con su alza -y que repercuta en los salarios más bajos de los convenios- es determinante.

La derecha hace antropología social con las medidas que aprueba. La izquierda no puede hacer amagos y declaraciones de intenciones.

Las medidas sobre pensiones y otras rentas sociales son otro punto clave. Dar certidumbres a las personas en peores situaciones económicas tiene una importancia estratégica.

Una política laboral que se proponga reducir las tasas de precariedad y temporalidad de nuestro país. Mejorar las lamentables condiciones en las que muchas empresas gestionan sus procesos de descentralización productiva, convertidos en maquinarias de ingeniería laboral para pagar menos y externalizar riesgos a las partes débiles de las empresas, y de ahí a los trabajadores y trabajadoras.

Por eso subir el SMI hasta situarlo en el 60% de la media salarial; derogar la reforma de pensiones y garantizar recursos suficientes para contar con pensiones dignas en las próximas décadas; sustituir la actual reforma laboral por una legislación mucho más justa, eficaz y que facilite la distribución de renta mediante los salarios, estabilice los empleos y facilite los procesos de aprendizaje permanente, son medidas tan decisivas. La derecha hace antropología social con las medidas que aprueba. La izquierda no puede hacer amagos y declaraciones de intenciones.

Ahora sí toca.

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