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Nos precarizan la vida


Quienes ostentan riqueza y poder quieren salir de la crisis a costa de la precarización de la mayoría social. ¿Suena muy simple? Puede ser, pero es un diagnóstico que se acerca bastante a la realidad a poco que miremos ésta con ojos críticos. Veamos algunos ejemplos.

Grandes grupos multinacionales, por ejemplo en el sector del acero, están aprovechando el des-gobierno de la globalización para poner a competir sus propias plantas entre sí trasladando el coste del ajuste económico a las espaldas de los y las trabajadoras. En Arcelor de Zumarraga o Sestao conocen bien esta dinámica. Es cierto, hay un problema global por la caída de la producción mundial y el papel que juega la economía china (que mantiene precios ficticios a la baja  y no tiene que cumplir estándares laborales o medioambientales). Pero no es menos cierto que son precisamente esos grupos multinacionales, ubicados aquí y allá quienes, aprovechan e inducen esas “ventajas”. Las consecuencias: paro, riesgo de pérdida de peso industrial. Pobreza en definitiva para la mayoría social.

Segundo ejemplo: fiscalidad. Nos levantamos cada día con la noticia de que cualquier representante de las élites económicas tiene una fórmula para pagar menos impuestos o no pagarlos. Sea a través de prácticas fraudulentas o a través de la llamada “elusión fiscal”. Los paraísos fiscales son el ejemplo más extremo, pero hay muchas más prácticas que llevan por ejemplo a que las empresas paguen menos impuesto de sociedades, de media, que los trabajadores pagamos el impuesto sobre la renta.

Muchos de quienes hacen estas cosas llevan años advirtiendo de que la “crisis fiscal” cuestiona el estado de bienestar, y que los recortes son necesarios para evitar la quiebra de los países. Las élites que quieren quebrar el pacto social no se sienten concernidas por tal pacto. Quieren trabajadores formados, sanos, infraestructuras, calles seguras… ¿pero que lo pague…? En efecto, la mayoría social trabajadora. Ellas y ellos, no.

Otro ejemplo. Las personas trabajadoras con empleo pero que ven que éste es cada vez más precario, más incierto, menos acorde con su nivel formativo, etc. etc. Hace mucho que el modelo de empresa “se desintegró”. Las enormes empresas industriales de vida larga y predecible, se han sustituido por empresas en red, externalizadas, subcontratadas etc. Y en estos modelos “desintegrados” habitan miles y miles de personas cuyas condiciones de trabajo y por tanto de vida, están en continua incertidumbre. ¿Por la crisis? No necesariamente. Porque están en los eslabones débiles de las cadenas de valor, y los que poseen poder y riqueza, han arrojado a sus espaldas el riesgo, la precariedad, la inseguridad.

Han impulsado el “sálvese quien pueda” y el “hágalo usted mismo”. El mito liberal y conservador de que cada uno tiene en la vida lo que se merece individualmente. Por eso se desprestigia lo colectivo, lo público o lo sindical. Han llegado a tal punto de hegemonía de pensamiento que ante el drama humano de las personas refugiadas en Europa, la mano dura de los gobiernos parece un valor al alza en el mercado electoral de varios países de Europa.

Y sin embargo aunque parezca complicado, el sindicalismo de clase que quiere representar CCOO tiene que apostar por todo lo contrario. Por el valor de lo colectivo desde la comprensión de la diversidad de situaciones.

Porque en efecto, no hay salida a los retos que plantea la globalización económica sin construir un auténtico poder democrático en Europa que responda a los intereses de la mayoría social. Por ejemplo en lo relativo al acero, no cumplir estándares laborales, democráticos, medioambientales… debe tener un coste. Es de justicia para los países que sufren esas realidades y es cuestión de supervivencia para nuestra industria.

No hay lucha efectiva contra las crisis fiscales, el fraude, el poder del capital para marcar sus reglas y sus normas, sin ir hacia una armonización fiscal y una auténtica lucha contra esta lacra. En Euskadi, que se atraviesa en hora y media de coche, con problemas hasta ayer para que las Diputaciones pongan sus datos en común…

La lucha contra la precariedad requiere de marcos generales de convenio colectivo, que sitúen un suelo bajo el que ninguna empresa pueda operar. Marcos sectoriales que ojalá fueran europeos, españoles y vascos para evitar el dumping empresarial. Lucha contra la precariedad que también requiere que el sindicato interprete bien toda la complejidad que hoy tiene la clase trabajadora y la empresa “desintegrada” para organizar colectivos diversos y buscar intereses y luchas compartidas.

La desigualdad es un enorme disolvente social. El sindicalismo al que aspira CCOO quiere ser un agente de igualdad y de cohesión social. Desde la realidad múltiple de las empresas hasta la realidad social y política. La dimensión de las transformaciones socio-económicas y socio-políticas necesarias que requiere la situación, supera el ámbito de actuación del sindicato. Pero no hay verdadera transformación que no tenga el mundo conflictual del trabajo como un protagonista principal. Y para recordar eso, entre otras cosas, está el Primero de Mayo.

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