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La relación coste/beneficio de la afiliación sindical


 

El barómetro del CIS de noviembre recogía un dato sobre afiliación sindical. Hablaba de una tasa de afiliación en el Estado Español del 7,4%. Sin duda muy baja. Tenía su miga la encuesta. Estaba calculada sobre más de 38 millones de ciudadanos/as de más de 18 años. Si la ratio se hacía sobre población asalariada (relación mucho más cabal) la tasa de afiliación es del 20%, apenas 3 puntos por debajo de la media de la UE según datos de la Comisión Europea.

En Euskadi no aparecen datos desagregados, pero una extrapolación creo que no muy atrevida situaría la tasa de afiliación por encima del 30% de la población asalariada.

Las tasas parecerán mucho o poco. En mi opinión han de ser manifiestamente mejorables, pero debieran ponerse en relación con algunos elementos de contexto sociológico y otros de modelo de relaciones laborales que tiene (o ha tenido) este país. Un informe de la Secretaria de Estudios de CCOO  hace una interesante valoración que merece la pena leer. En todo caso rescato algunos aspectos del informe y los pongo en relación con otros.

El sociológico tiene que ver la escasa cultura asociativa existente en España. Salvo momentos puntuales no ha existido una confianza en el asociacionismo ni en el vínculo colectivo. Esto se refleja en una tasa de participación asociativa muy baja. Según la Encuesta Social Europea, el Estado Español se encuentra 18 puntos por debajo de la media. (36 frente a 54%). Es llamativo que los países más retrasados en esa encuesta sean Polonia, Portugal, Grecia o Italia. Sociedades menos estructuradas y con una influencia de la iglesia muy relevante, lo que influye en que las formas de solidaridad grupal se vinculen más a instituciones tradicionales como la familia.

Por el contrario los países nórdicos y alguno central como Holanda encabezan el ranking. Por cierto que existe una relación clara entre la igualdad de renta con la confianza institucional y participación asociativa.

Euskadi es una sociedad bastante más vertebrada asociativamente que la del conjunto del estado y cumple también con las otras notas señaladas, incluidas las de nivel y cohesión de rentas. En el plano económico se da un fenómeno singular como es la presencia importante del cooperativismo con un vínculo obvio al sesgo comunitarista que tenemos bastante arraigado (comparativamente, porque esta cuestión tendría hoy en día mil matices, claro)

Pero más allá del mayor o menor  nivel asociativo, hay otro elemento clave para interpretar la tendencia a la afiliación sindical: El elemento es la aplicación de la norma laboral con efectos respecto a todos (erga omnes) frente a otro concepto como sería la aplicación sólo a quienes directamente celebraron o suscribieron la norma a aplicar (inter partes).

Sin duda la aplicación con eficacia general de lo pactado en los acuerdos colectivos (los convenios sectoriales por ejemplo) tienen muchos ámbitos de interpretación y muchas ventajas sociales o económicas. Aquí se hace una aproximación desde otro punto de vista:

El comportamiento social de los individuos a través del análisis de la teoría de la elección racional de Mancur Olson. A grandes rasgos explicaría que la decisión de afiliarse a una asociación se explica en relación al coste/beneficio respecto al bien que se pretende conseguir.

Se supone que un colectivo comparte unos intereses para cuya defensa se exige una acción (asociativa). Cuando el bien a alcanzar es de aplicación general (el caso del convenio erga omnes en nuestra legislación laboral), un número significativo de individuos tienden a no asociarse. Es decir a no asumir el esfuerzo de la acción para conseguir el bien, ya que este esfuerzo no compensa el beneficio, por ser el beneficio de aplicación pública. Es la llamada “paradoja del gorrón”.

Ante esta paradoja tan poco pro-afiliativa caben dos opciones. Por un lado disolver los marcos que producen bien común (en este caso convenios sectoriales de aplicación general), de manera que de hecho, se fuerce al individuo a la necesidad de la afiliación/organización para conseguir el bien deseado.

Otra opción sería no disolver esos marcos y tratar de reforzar la percepción de los individuos de que los demás tienen intereses similares a los suyos, para que este factor sea más determinante a la hora de optar por la participación colectiva voluntaria.

Es obvio que estas lógicas para inducir los comportamientos de la gente y la relación entre convenio, acción sindical y afiliación están detrás de lo que está pasando ahora mismo en las relaciones laborales en Euskadi.

Desde luego los cambios legales impulsados por las últimas reformas laborales no parten de una visión tan sociologista, sino de una visión economicista liberal. La asignación de renta no debe darse en rigideces sectoriales sino en unidades menores, libres de interferencias colectivas. La empresa, y en el fondo en la propia relación contractual inter partes entre empresario y trabajador/a, como cualquier otro ámbito mercantil.

Una parte fundamental de la reflexión para ejecutar desde el sindicalismo tiene que ver con la reconstrucción de un sujeto colectivo con intereses compartidos en una sociedad atomizada e individualizada; un modo de intervención sindical que refuerce la tendencia a la afiliación sin contribuir a romper marcos de solidaridad; una legitimación de la acción sindical cotidiana en claves de utilidad sin caer en una promoción de suma de corporativismos. Casi nada…

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