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La precariedad afecta a la mitad de la fuerza laboral en España


Recientemente presentábamos un interesante estudio que CCOO ha realizado en colaboración con el Instituto de Economía Internacional de la Universidad de Alicante. En él se analiza la elevada precariedad que caracteriza al mercado laboral español.

Pero lo más relevante del estudio es que analiza la precariedad como un fenómeno multidimensional que va más allá de la habitual referencia al tipo de contrato -temporal o indefinido- con la que se suele caracterizar el modelo laboral “dual” de España.

El informe toma microdatos de la EPA para abordar la incidencia e intensidad de la precariedad analizando diversas variables. Algunas salariales, otras contractuales y otras sobre condiciones de trabajo. Estas variables son ponderadas porcentualmente en función de la importancia que se les atribuye a la hora de definir qué es una situación de precariedad, para llegar a un índice (Índice de Precariedad Multidimensional -IPM-). La variables y su ponderación son las siguientes:

  • El salario mensual reducido (menos de 1200 euros brutos) se considera que marca una carencia laboral, y se pondera con el 20% del total del IPM.
  • El salario por hora reducido (cuando es inferior al 60% del mediano de la economía, es decir 6,5 euros en 2019), se pondera igualmente al 20%.
  • Contar con un contrato temporal se pondera al 20% del IPM.
  • Contar con una jornada a tiempo parcial involuntario por no haber podido encontrar un trabajo a tiempo completo, se pondera al 10%
  • La «sobrecualificación» (contar con una formación superior al nivel más frecuente para la ocupación que se desempeña), otro 10%.
  • Trabajar habitualmente más horas de las pactadas en convenio o contrato, otro 10%.
  • Y por último contar con una jornada laboral atípica (fin de semana, noches o turnos) se pondera otro 10%.

Con todos estos datos se considera una persona asalariada precaria a quien al menos suma un 20% de estas carencias laborales. El informe no solo mide “cuánta” precariedad hay, sino la intensidad de tal precariedad.

una de cada cuatro personas asalariadas en España sufren precariedad severa o extrema.

Los datos son bastante abrumadores. Se pueden ver aquí en el resumen ejecutivo, o aquí para quien quiera ver el conjunto del informe.

Según este informe el 48% de las personas asalariadas son precarias. Solo el 28% de los trabajadores/as asalariados no tienen  ninguna carencia laboral. La intensidad media de la precariedad (utilizando el índice descrito) indica que el 37,4% sufre un nivel severo. También denota los habituales sesgos. La precariedad golpea mucho más a las personas jóvenes. También afecta más a las mujeres, a las personas migrantes, a quienes tienen niveles bajos de formación, y en los territorios  de Canarias, Andalucía y Extremadura.

De entre las múltiples conclusiones que se pueden sacar del informe me gustaría destacar dos. La primera es que un 22% de las personas tienen una intensidad de precariedad superior al 40% de los parámetros antes descritos. Por situarlo con ejemplos, que cuentan con un contrato temporal y un salario apenas por encima del SMI a la vez; o bien que cuentan con un bajo salario y a la vez hacen jornadas más largas de las pactadas y a la vez desempeñan trabajos que requieren de menor cualificación de la que estas personas tienen adquiridos. O dicho de otra manera que casi una de cada cuatro personas asalariadas en España sufren precariedad severa o extrema.

la precariedad no es solo una categoría laboral, sino social y si se me apura política.

Si a esto añadimos la situación de las personas desempleadas y las personas desanimadas (en lo que el informe denomina “Índice de Precariedad Laboral Global” -IPLG-), el dato es aún más demoledor: El 49,5% de la fuerza laboral en 2019 estaba en alguna de las categorías de precariedad global.

Esto es particularmente grave si atendemos a la segunda conclusión que quiero destacar del informe. El carácter estructural de la precariedad en España. En las últimas décadas las oscilaciones temporales empeoran algo en la gran recesión y tras la reforma laboral de 2012, pero se mantienen en niveles altos incluso en los años previos a la crisis de 2008, en pleno “milagro económico” español. El IPLG (que mide la precariedad, pero también considera el desempleo y los desanimados a encontrarlo) varía en función de la evolución del desempleo, pero el IPM (el que mide las siete carencias laborales descritas) se mantiene con escasas variaciones incluso en los buenos ciclos económicos.

Estas realidades no por conocidas dejan de tener su importancia cuando se cuantifican y permiten hacer tres afirmaciones. La primera es que la precariedad no es solo una categoría laboral, sino social y si se me apura política. Esta precariedad vital, estructural y bastante estable en el tiempo creo que es un factor determinante a la hora de entender las dificultades materiales que sufre una parte muy relevante de las personas asalariadas (hablamos de una de cada cuatro). Más si tenemos en cuenta -como el informe sugiere también- que las variaciones en los distintos índices tiene que ver con la evolución de las cifras de desempleo, pero que buena parte de las transiciones entre categorías laborales que se dan durante las expansiones económicas y las crisis, se producen por trasvases entre categorías precarias. La precariedad en España es mucho más profunda y multifacética que el conocido soniquete de la “dualidad laboral” a la que tanto alude Bruselas.

De cosecha propia. Analícense los seísmos políticos tras la anterior crisis financiera desde el prisma de la “crisis de expectativas” de amplios sectores de la sociedad y en particular de las llamadas clases medias. Analícense los actuales en ciernes desde la “cronificación de crisis de privaciones materiales” de una parte de aquellas clases medias deterioradas así como de clases trabajadoras insertas en el circuito de la precariedad sucesiva.

Segunda afirmación. La precariedad no es una disfunción del sistema. Es una apuesta del sistema. Económica y política. Y hay que revertirla. Cuenta con una santísima trinidad que la refuerza. El padre, es la tasa de paro como elemento disciplinante. El hijo, la regulación laboral y la inducción a la externalización de riesgos empresariales al entorno laboral, social e incluso empresarial (formas de externalización productiva, bajos salarios, bajos impuestos, libertad de despido, economía fraudulenta, oligopolios Vs sectores empresariales atomizados e inermes para fijar precios). El espíritu santo, el modelo productivo español y sus deficiencias tanto en composición sectorial como en dimensión de empresas.

Tercera. La más optimista. Estamos en disposición de modificar parte sustancial de esas patologías del modelo. Por no extender más esta reflexión, subir el SMI hasta el 60% de la media salarial, regular mejor la externalización productiva (subcontratación), estabilizar la contratación reduciendo la temporalidad, y recuperar equilibrios en la negociación colectiva, pueden suponer un efecto combinado que modifique en el medio plazo algunas de estas cuestiones. Otras van a tener más que ver con la transformación del modelo productivo del país, y eso va a ser más complicado.

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