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Intervención en el homenaje a las víctimas de ETA afiliadas a CCOO


Agradecimientos a las instituciones participantes.

Pero sobre todo quiero agradecer a las familias de Cándido, José Luis, Juan Mari, Manuel, Antonio García, Máximo, Francisco, Ramón, Félix, Pedro, Antonio José y Mario, su presencia y su disposición para participar en este acto. Un acto de homenaje, un acto de justicia, un acto de recuerdo y un acto de reparación.

Gaurko ekitaldi honekin, ahal dugun neurrian, terrorismoak utzitako hutsunea bete nahi dugu. Memoriak laguntzen digu bizitza paregabea baina bidezkoa izan ez den heriotza izan duten pertsonen istorio zehatzak gugana ekarri eta anonimotasunetik ateratzen.

Haiek gogora ekartzeak beren hiltzaileek sartu zituzten hilobi horietatik ateratzeko era bat delako.

Nahiz eta zuen bizitzetan ETA egunero dagoen presente, denbora asko daramagu omenaldi hau buruan dugula eta hain zuzen ere ETA desagertu eta hamar urte igarota egin nahi izan dugu.

Memoria aldarrikatzea nork hilketa bat berriro justifikatuko ez duen etorkizun baketsu bati begiratzea ere badelako. Gure hamabi kideen kemen eta balioek errespetu osoz altxatzen dugun bandera osatzen dute. Uregogorrak gogora ekartzea da behar bada memoria egitearen alderik gogorrena.

Alguien tal vez se pregunte: ¿Y por qué ahora? ¿Por qué, Comisiones Obreras, una organización que siempre rechazó la violencia, una organización cuyos militantes siempre estuvieron implicados en la denuncia y condena del terrorismo, se plantea AHORA, diez años después de la desaparición de ETA; o 43 años después del asesinato de Antonio García Caballero un 21 de junio de 1978, UN ACTO de homenaje a las víctimas afiliadas al sindicato?

AHORA, porque el ahora recoge y abriga el antes. Porque en este 10 de diciembre de 2021, en este día internacional de los derechos humanos, se recoge el 22 de junio del 79, cuando ETA asesina a Francisco Medina Albala.

El 2 de agosto de 1980 cuando asesinan a Mario González.

El 24 de junio del 81, día del atentado contra Pedro Conrado Martínez y sus compañeros

El 20 de octubre de 1983 cuando asesinan a Cándido Cuña González

El 25 de abril de 1987 cuando queman y asesinan a Félix Peña Mazagatos

El 28 de junio de 1991 cuando un paquete bomba acaba con la vida de Manuel Pérez Ortega

El 19 de marzo de 1992 cuando un explosivo causa la muerte de Antonio José Martos

El 7 de mayo del año 2000, cuando es tiroteado José Luis López de Lacalle

El 29 de julio del 2000, cuanto también es tiroteado Juan Mari Jaúregi Apalategi

El 22 de octubre del 2000, cuando asesinan a Máximo Casado Carrera

O el 26 de enero de 2001, cuando una bomba lapa puesta por ETA, asesina a Ramón Díaz García.

Pero sobre todo AHORA, porque parafraseando a Almudena Grandes “es un error pensar que la memoria tiene que ver solo con el pasado. Tiene que ver con el presente y con el futuro, porque si no sabemos de dónde venimos no podremos saber quiénes NO queremos ser, ni a quién nos queremos parecer”.

Y nosotros sabemos, siempre hemos sabido, QUÉ no queríamos ser. No queríamos ser de los que hicieron del asesinato una herramienta política; del secuestro, la extorsión o la violencia, una variable más a la hora de, pretendidamente, definir un modelo de país, una convivencia que hubiera sido barbarie, un código moral denigrante, infame. No, hoy aunque estemos ya terminando 2021, aunque haga ya una década del fin de ETA, aunque nuestro país y nuestra sociedad viva muy lejos y para siempre, de esos riesgos de barbarie y de moral denigrante e infame, sigue siendo tiempo para decir que matar estuvo mal. Que no estuvo nunca justificado. Que fue una atrocidad humana, social y política. Que los contextos no se pueden convertir en pretextos para justificar lo injustificable.

Hoy estamos aquí para rendir un homenaje a personas asesinadas y a sus familiares y allegados. No hemos buscado un acto político. Ni siquiera hacemos un acto “a los nuestros”, porque esa categoría “los nuestros”, podría dar a entender que hay otros: “los no nuestros”. Y cuando hablamos de asesinatos esto no es así. Si algo deja claro analizar cómo  y por qué fueron asesinados nuestros compañeros, es la dimensión del desatino que fue ETA. No vale atender a razones, excusas, teorías para justificar lo injustificable. Fueron doce crímenes que se asemejan entre si, lo mismo que se asemejan con las otras cientos de personas asesinadas por ETA. Por eso no buscamos un relato político y sindical propio en esta intervención. Buscamos reconocer y acompañar a las víctimas y a sus familiares.

Por eso cuando nos hemos dirigido a ellas, a las familias, lo único que hemos planteado es si querían participar de este acto de apoyo, de memoria, de afecto. Sin más preguntas, sin más compromisos.

Los y las familiares de las víctimas tienen derecho a perdonar, pero también a no perdonar; tienen legitimidad para creer que la convivencia tiene que basarse en los conceptos de verdad, justicia y reparación, o a no mostrar ningún interés sobre en qué conceptos debe basarse la convivencia; pueden optar por dialogar, empatizar con víctimas de otras violencias que no fueran las de ETA y construir un relato complejo de lo que pasó en Euskadi durante más de cuatro décadas, o pueden rechazar cualquier diálogo, cualquier empatía al respecto.

Tienen todo el derecho a relacionarse con su condición de víctima como quieran, porque esta condición no fue elegida, no fue buscada. Fue impuesta. Dramáticamente impuesta. Criminalmente impuesta. Injustamente impuesta.

Por eso quienes ostentamos responsabilidades públicas debiéramos ser extremadamente cuidadosos en huir de ninguna utilización, ninguna instrumentalización de las víctimas, para estrategias político-partidistas que demasiadas veces suenan a despreciables.

No. Hoy aquí estamos para contribuir, en la medida que sea posible, a llenar el vacío que dejó el terrorismo mediante la recuperación pública de la memoria de la vida de vuestros seres queridos. De los nuestros, ahora si. Porque la memoria privada, el duelo, las lágrimas en solitario, forman parte de lo íntimo de la ausencia, y ahí sabemos (porque por encima de sindicalistas somos personas) que nada podemos hacer. Ni Comisiones Obreras, ni nadie.

Pero sacar del olvido, del anonimato, del pasado a veces incómodo, vuestras voces, vuestra memoria, vuestro recuerdo, dar sentido humanista a la tragedia que vivisteis, decir alto y claro que no tuvo ninguna justificación, pero que tampoco tuvo ninguna recompensa, que no dio ningún rédito político, sirve. O eso pensamos.

Sirve una sociedad que se mira en su historia, y la contrasta con su memoria, esa memoria tantas veces mutilada por la autoprotección del olvido, o modificada por la trampa de la memoria selectiva. Quizás para que en ese contraste entre historia y memoria pensemos que pudimos hacer cosas mejor como sociedad. Acompañar más, abrigar mejor.

Sirve porque los valores de la paz, de la no violencia, de la convivencia entre ciudadanos libres e iguales no es una disputa política, sino un concepto pre-político. Y denunciar la violencia contribuye a reforzar ese carácter pre-político de la convivencia y la paz.

Nuestra organización, las Comisiones Obreras, luce en su ADN el orgullo de la clandestinidad. Clandestinidad de quien inició su andadura en una dictadura, sufriendo por ello cárcel, tortura y a veces muerte. Y desde esa tiniebla salimos a la luz, a las calles y a la sociedad. Y nunca fuimos cómodos, porque desde la legitimidad de haber combatido como nadie al franquismo, dijimos siempre que NO al terrorismo.

Volviendo a la frase de Almudena Grandes “la memoria sirve” además de para saber QUÉ no queremos ser, a QUIÉN SÍ nos queremos parecer. Nos queremos parecer a la gente que trabaja. En una grúa como Antonio, en una mina como Mario, de albañil como Francisco, o en una panadería como Cándido; a la gente que escribe y piensa como José Luís; a la gente que comparte su vida y militancia en una agrupación del PCE como Pedro, o su tiempo en una Casa del Pueblo en sus tiempos de asueto del trabajo en el astillero como Félix, o en el viejo PSUC y en CCOO como Antonio José; o a un funcionario de prisiones como Máximo o como Manuel, o a reclusos como Donato o Jesús, presos asesinados por el mismo paquete bomba que Manuel; o en la vida activa de compromiso como Juan Mari; o en los fogones de una cocina como Ramón.

Erresistenteen antza izan nahi dugu, beren senide eta lagunengatik sufritzen duten horien natza. Mendekuaren tentazioari men egin ez ziotenei. Gizarte hobe justuago, askeago, baketsuago eta bakezaleago baten alde borrokatzen direnei.

Nos queremos parecer a los y a las resistentes. A quienes sufrieron y sufren por sus seres queridos. A quienes nunca sucumbieron a la tentación de la venganza. A quienes luchan por una sociedad mejor, más justa, más libre, más pacífica y pacifista.

Quiero terminar reiterando el más sentido reconocimiento de CCOO a vosotras y a vosotros, familiares y allegados de las víctimas de ETA que fueron afiliadas a CCOO. Porque es una forma de reconocerles a ellos, porque es una forma de reconocer a todas las víctimas.

Y lo quiero hacer recuperando las palabras que la viuda de Máximo Casado, Concepción Jaular, escribió en una carta cuando anunciaba su decisión de abandonar Euskadi junto a sus hijos:

“Me habéis arrebatado lo que más quería en el mundo, pero desde el inmenso dolor desde el que agradezco a la buena gente su solidaridad, solo puedo deciros que lo único que habéis conseguido es fortalecer infinitamente mi amor por Máximo y por mis convicciones.”

Y concluía así la carta: “Ahora que van pasando lentamente las horas, recuerdo más que nunca aquellos versos de Miguel Hernández en los que lloraba a la muerte de su amigo, cuando decía “tanto dolor se agrupa en mi costado que, por doler, me duele hasta el aliento”: pero desde ese dolor, sobre todo, quiero daros las gracias. Gracias a mi familia que ha sabido unir su dolor al mío. Gracias a los amigos de hoy y a los que también lo serán mañana. A los compañeros de Máximo, compañeros del alma compañeros.”

Muchas gracias a todas y todos

Eskerrik asko danori.

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