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El discreto encanto de la tecnocracia


Las elecciones de Madrid, tras el rocambolesco episodio de las mociones de censura en Murcia o Castilla-León, parecía que dejaban temporalmente estático el mapa de la correlación de fuerzas institucionales. El paso necesario sobre los indultos de los condenados por el procès debía poner las bases para un periodo de diálogo y negociación política en Catalunya que tuvieran como efecto colateral una cierta estabilización de la segunda parte de la legislatura, pese al ruido intenso que la oposición de derecha -cada vez más uniformemente populista- pronostica para los tiempos que están por venir.

Es este contexto el ritmo de vacunación, la creciente normalidad en la vida cotidiana, y la intensa recuperación económica que se perfila para para los próximos trimestres, sitúan un punto de inflexión social, político y económico bastante evidente.

El “plácet” otorgado, incluso con entusiasmo, por la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen al plan de recuperación presentado por España, con sus reformas y sus inversiones, otorgan unos márgenes legislativos a nuestro país más que relevantes. Nada que ver con antiguas condicionalidades del “austericidio”, por más que se retuerzan las palabras en determinados análisis periodísticos empeñados en decir que Bruselas advierte de lo que no advierte, y confundiendo la gimnasia con la magnesia cuando se habla de negociación colectiva, flexibilidad, desregulación, etc.

…pero incluso por propia supervivencia política del gobierno de Sánchez, si o si, toca poner en marcha políticas que mejoren la vida cotidiana de las personas comunes, sin más dilación.

En este contexto cualquier análisis medianamente sensato, prevé que la prioridad de nuestro país debiera ser recuperar una agenda reformista encaminada a dos objetivos. Uno, la correcta asignación de los fondos de recuperación Next Generation para que además del efecto tractor sobre la actividad que supone inyectar esa cantidad de miles de millones de euros en el circuito económico, supongan un salto cualitativo en nuestro modelo productivo.

Dos, retomar con fuerza una agenda social que contribuya a cerrar las enormes brechas de desigualdad que existen en nuestra sociedad, y que se manifiestan en bajos salarios, precariedad vital y laboral, incertidumbres o inseguridad material para amplísimas capas de la sociedad española.

Los hitos de esta segunda agenda son variados, pero al menos algunos bastante obvios. Subida del SMI, reforma de pensiones, legislación laboral, y otros que exigen de arrojo y determinación política como la regulación de los precios de los alquileres y en general de todo lo relacionado con ese mercado de la vivienda convertido en un extractor de rentas y auténtica metáfora del poder de la España más rentista y el modelo empresarial más retardatario.

Por justicia social, por equidad, por eficacia económica incluso; desde luego por devolver mínimamente el esfuerzo hecho por millones de personas trabajadoras esenciales durante la pandemia; pero incluso por propia supervivencia política del gobierno de Sánchez, si o si, toca poner en marcha políticas que mejoren la vida cotidiana de las personas comunes, sin más dilación. Se equivocará este gobierno con temeridad suicida, si cree que solo la inercia del crecimiento económico y la recuperación del empleo que va a llevar -que está llevando ya- aparejada, va a impulsarle en sus perspectivas políticas a medio plazo.

España ha subido su SMI desde 2017 hasta  ahora un 37% y eso no ha impedido que el comportamiento del empleo en esta crisis haya sido incomparablemente mejor que en las precedentes.

Bueno, pues ahora, justo ahora, después del varapalo de unas elecciones madrileñas donde  pese la pésima gestión de un gobierno autonómico nefasto en todos los terrenos, se ha visto recompensada por haber sabido leer el momento social, el hartazgo civil y el hedonismo instalado en buena parte de la ciudadanía madrileña; justo ahora que hasta el magnífico descubrimiento de tomar cañas “en libertad” se hace categoría política, responsables del gobierno de España empiezan a especular con argumentos tecnocráticos en materias como el SMI, para cuestionar su subida.

Todavía quiero dar el beneficio de la duda a las palabras del presidente del gobierno cuando ante la pregunta de si se va a subir el SMI en 2021, alegaba que la prioridad es crear empleo ¿Cómo? ¿A estas alturas seguimos en esa? España ha subido su SMI desde 2017 hasta  ahora un 37% y eso no ha impedido que el comportamiento del empleo en esta crisis haya sido incomparablemente mejor que en las precedentes. La recuperación del empleo está siendo vigorosa y lo va a ser más en los próximos meses. 

Una comisión de expertos ha realizado un informe que sitúa una cuantía en torno a los 1050 euros como 60% de la media salarial y una senda para que el SMI alcance ese objetivo al final de la legislatura, que incluye una subida para el año 2021. Senda extraordinariamente prudente, dicho sea de paso, tanto en el ritmo de subida como en la cantidad fijada como objetivo final. 

Ni siquiera el informe del Banco de España ha recomendado no subir el SMI. La discutible estimación del efecto sobre el empleo que “se deja de crear” tras una subida del 21% en 2019 no considera el efecto compensatorio del empleo que se crea por  el hecho de introducir 2000 millones de euros de masa salarial, que van en vena a consumo y actividad.

No creo que sea ni imaginable que tras una pandemia como esta, con un país generando empleo, con repuntes de los precios por encima del 2,5%,  y con la economía creciendo por encima del 6% del PIB, se pueda plantear en serio la congelación del SMI. Salvo que el gobierno esté planificando concienzudamente su suicidio político, claro.

No es sostenible no subir el SMI, o no derogar el factor de sostenibilidad y el índice de revalorización de las pensiones, como no puede demorarse la negociación para corregir la reforma laboral que tiene efectos reales sobre las condiciones de vida reales de la gente real.

La mayoría social española necesita certidumbres y medidas que mejoren su vida. No es sostenible no subir el SMI, o no derogar el factor de sostenibilidad y el índice de revalorización de las pensiones, como no puede demorarse la negociación para corregir la reforma laboral que tiene efectos reales sobre las condiciones de vida reales de la gente real.

O luego vendrá el “cómo ha podido ser”. Me quedé con ganas de hacer una valoración de algunos mensajes que tras las elecciones de Madrid decían que no hay “cosa más tonta que un obrero votando a la derecha” o a la extrema derecha pija de este país. Y se quedaron tan anchos. No atender a las condiciones materiales de vida en las que las personas comunes del mundo del trabajo conforman su visión de lo colectivo, tras décadas de disolución de cualquier atisbo de ideología es un mal camino para conducir por este siglo XXI de amenazas reaccionarias. 

Un camarero/a de Madrid puede llevarse a su casa una cantidad de dinero por el que no le declaran  ni la mitad. Lo que va en la nómina es lo que le pagan por una contratación parcial, pero en realidad tiene el doble de jornada y cobra en B y en propinas la mayor parte de su salario. 

Cuando una irresponsable demagoga sale haciendo bandera del “viva Cartagena y que a tomar cañitas, y que todo abierto, y que si para que vivan el 99% pues el otro 1% que en fin, que así es la vida…”, ese camarero ve que mantiene precariamente el pan de sus niños, pero por el contrario, si se va a un ERTE se queda con el 40% de sus ingresos reales, y si se va a la calle, lo mismo y sin trabajo.

Una acción decidida en dar certidumbres a la mayoría trabajadora, una percepción de que las condiciones materiales de vida le van mejor con unas políticas que con otras, es lo que necesita nuestro país. Ojo con sucumbir al discreto encanto de la tecnocracia en un momento donde poner el oído en la calle es fundamental para interpretar las corrientes de fondo de la sociedad española. De aquellas personas que no se apellidan von der Leyen sino Martinez. Y que son resilientes porque han aguantado el país sobre sus espaldas desde hace varias generaciones, pero no tienen ni idea de qué leches significa la palabra resiliencia. 

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