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Cuando el sindicato llora


Juzgados de Plaza de Castilla, en Madrid. 20 de  julio de 2022. Los abogados/a de los sindicatos salen tras suscribir el acuerdo judicial y económico que resuelve el largo litigio entre trabajadores/as del Metro y sus familiares, con la empresa. El motivo del litigio son las enfermedades profesionales derivadas de haber trabajado durante años en contacto con amianto, esa sustancia asesina. El trágico balance hasta ahora en Metro Madrid: 13 muertos y 7 trabajadores más con lesiones provocadas por la exposición al amianto.

Cuando los abogados salen del juzgado, tras rubricar el acuerdo, se mezclan lágrimas, abrazos, risas, felicitaciones y miradas perdidas, sin duda en el recuerdo de las personas fallecidas. Las lágrimas son, obviamente, de familiares. Pero también de sindicalistas. “Son muchos años con ellos. Hemos estado en los funerales” oigo decir a una compañera de CCOO.

Conozco el drama de las víctimas del amianto desde hace muchos años. Recuerdo las dramáticas conversaciones con hombres y mujeres que habían sufrido la enfermedad, a veces la agonía y la muerte por haber aspirado esa sustancia. Eusebio, Ricardo, Marcelino, Marcos… Palabras como mesotelioma, cáncer de pleura, peritoneo…

Las recuerdo en boca de Jesús Uzkudun, sindicalista de CCOO de Euskadi, y seguramente la personas que más ha hecho en este país en la lucha contra las enfermedades profesionales y a favor de las víctimas. Las recuerdo en la película documental “La plaza de la música”.

La pelea por el reconocimiento de las causas laborales para demostrar que una enfermedad tiene origen profesional y no común, suele ser una carrera de obstáculos. Con las empresas, con las mutuas, con la administración…

Es una carrera de fondo que hay que emprender colaborando y buscando la complicidad con la Inspección de Trabajo, con la fiscalía, con la policía judicial. Demostrar que una enfermedad se contrajo trabajando en empresas que a veces ya no existen, o en las que no había planes de prevención de riesgos que puedan avalar que allí se trabajaba con alguna sustancia tóxica, suele ser un trabajo detectivesco e incierto. Los procesos judiciales y de reconocimiento de contingencia se eternizan. Hay recursos, palos en las ruedas, desazones. Para las familias suele ser un auténtico “vía crucis”, que hace difícil metabolizar la enfermedad y la muerte del ser querido. Cuantas veces la frase tras un proceso de este tipo es “ya podemos descansar”, con lágrimas en los ojos y sensación del deber cumplido.

El acuerdo en Metro Madrid constata que ha habido delito contra los derechos de los trabajadores por exposición al polvo de amianto. Sienta las bases para poder dar amparo  a futuros casos, de producirse. Ponemos fin al calvario judicial de las familias (las actuales personas afectadas o las que –ojalá no– estén por venir), y conseguimos resarcir a las víctimas a través de indemnizaciones económicas y recargos en las prestaciones.

Nada nos devuelve a las personas fallecidas, pero la sensación de justicia y de deber cumplido que comparten las familias y sindicalistas, es inenarrable.

En esos abrazos sinceros, en esas miradas entre agradecidas, orgullosas y melancólicas, se expresa lo mejor del sindicalismo, la proximidad real al mundo del trabajo que se concreta en personas de carne y hueso.

Hoy, a la salida de los juzgados de Plaza de Castilla me venían a la memoria los juzgados de Bilbao hace algunos años. Los ojos vidriosos son iguales en todos los lugares del mundo, una seña de humanidad inconfundible. Y también me venían a la cabeza las gentuzas que pretenden identificar al sindicalismo como una actividad perversa, ociosa y odiosa. Nunca, gentes que apestáis la tierra, entenderéis la dignidad de estar y ser clase trabajadora cuando se empodera, cuando se organiza, cuando se defiende.

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