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Con las cosas de comer no se juega: cine y metapolítica


Decía mi abuela que la cara es el espejo del alma –tenía unos nietos de belleza griega–  y el cine suele ser un espejo de la sociedad. “Espejo de lo que somos” fue la más sincera campaña publicitaria de Telemadrid en tiempos de Esperanza Aguirre, por el contenido subliminal que bien hubiera merecido para su creativo algún premio en el festival de publicidad Cannes Lions: “Espe jode lo que somos” era un brillante slogan-epílogo de una forma de entender la acción pública como un buldócer para la deconstrucción social y hacer de la frase de Margaret Thatcher “No existe como tal la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales y hay familias” todo un programa político. En efecto, en aquel inicio de siglo XXI el verbo se hizo carne y habita desde entonces entre nosotros. En forma de parodia, eso sí.

Decía que el cine puede ser el espejo de la sociedad y las películas que tienen que ver con temáticas laborales han dejado de ser narraciones épicas para convertirse en disecciones de vivencias fundamentalmente personales en entornos de trabajo. Asistí a la proyección de “El buen patrón” donde, lejos de escenarios de reconversiones industriales, la magnífica película discurre por los entresijos que recorre un empresario para satisfacer su egolatría a través de una condecoración de excelencia empresarial.

Los excesos del patrón para “ordenar el patio” en su empresa y dar una imagen de la misma que facilite la concesión de un ridículo premio local, se alejan aparentemente del conflicto social estructural y se relacionan más bien con el ejercicio de la pura arbitrariedad a cargo del propietario de Básculas Blanco, el personaje interpretado por Javier Bardem.

Lo que hace atroz la película es sobre todo el contraste entre lo magro y lo risible del objetivo del patrón (la condecoración) en relación con las medidas que va tomando y los límites que va sobrepasando desde el poder jerárquico respecto a sus empleados y empleadas, que a su vez se mueven entre la reacción individual y un tanto patética del despedido (se “atrinchera” acampando a la puerta de la fábrica, grita “el pueblo unido jamás será vencido” y se queda solo) y el servilismo y vasallaje de otros. La epopeya de una reconversión podía resolverse en el cine saliendo de la sala con el corazón henchido por una derrota histórica en astilleros cantábricos, mediterráneos o en minas inglesas. La narración de “El buen patrón” deja un poso agrio por lo mediocre de las pretensiones de cada protagonista acordes a tiempos sin cosmovisiones. La intrascendencia incapaz de insertarse en ningún resquicio de la historia ante ninguna “Dama de Hierro”.

El humor cáustico con que León de Aranoa conduce la película contrasta con el hiperrealismo de Ken Loach en “Sorry we missed you”. Relatos de deterioro de relaciones personales por la insoportable presión del trabajo sobre la vida personal y familiar, contextualizados en el nuevo paradigma laboral de la economía de plataforma, la plena disposición de los trabajadores y el mito del emprendedor. Un guión salpicado de frases convertidas en lugares comunes y más propias de un especialista en autoayuda que de un responsable de recursos humanos. “Trabajar solo, ser mi propio jefe”, “no trabajas para nosotros, trabajas con nosotros” o “serás el amo de tu destino”,  son el contrapunto aspiracional mientras el pobre Ricky se hunde en el vano y ficticio intento de establecer su propio negocio de transporte de paquetería, carcomido por plataformas digitales con tácticas empresariales draconianas, multas por aparcar mal al intentar hacer un reparto en plazos imposibles, o perros que amenazan la integridad de su culo.

La película deviene en dramática por las consecuencias de todo ello en su vida y en la de su familia y una vez más la dimensión conflictual del relato se sustancia ahí, en los espacios familiares y personales (no hay sindicato, hay pelea con el encargado), pese a ser como es una dirección de alguien tan político como Loach y guionizada una vez más por Paul Laverty.

Mientras pasaba los efectos leves de la última vacuna vi “Chavalas”. Ópera prima de Carol Rodriguez Colás, donde cuatro chavalas de Cornellá protagonizan una fresca y luminosa peli con toques costumbristas en la crisis de una de ellas al volver al barrio tras un fracaso profesional. La ruptura de aspiraciones entre el personaje que interpreta Vicky Luengo, con pretensiones cool de artista fotógrafa, y la realidad de la vida en su entorno familiar y círculo de amistades, pone de relieve la vieja identidad de barrio, una especie de refugio de última instancia que resuelve la trama.

Todas estas películas perfilan de formas bien distintas las rupturas identitarias de la clase trabajadora que aparecen con el trasfondo del ecosistema laboral, decisivamente mediatizadas por él, pero ancladas en narrativas personales, familiares y de entornos próximos.

Por alguna razón esta forma fragmentada en la que hoy se construye el cine que afecta a la clase obrera (reflejo de la propia fragmentación del mundo laboral y la heterogeneidad de las realidades de precariedad múltiple que viven millones de personas), me vino a la cabeza cuando escuchaba hablar a Gabriel Rufián de reforma laboral.

Su razonamiento para oponerse a tal reforma era metapolítico: de políticos, entre políticos y para políticos, que echan el día enrevesados en cosas de políticos. Es un lugar común afirmar que la política contemporánea se centra en un concurso de relatos en competencia. Si esto fuera así, es una desgracia que desde la izquierda se hayan dejado de lado los relatos pedagógicos. Las causas-efectos. Los silogismos sociales.

Cojamos como ejemplo esta pandemia. Respuestas socioeconómicas bien distintas a la crisis anterior. Si se dejan desprovistos de relatos pedagógicos los múltiples ejercicios de solidaridad colectiva realizados (desde la cobertura dada por los servicios públicos a los ERTE, o la posibilidad cierta de proceder a una intensa estabilización de millones de contratos temporales en los próximos trimestres a través de la reforma laboral pendiente de ratificación parlamentaria) las políticas sociales terminan por ser interpretadas por la mayoría social como expresiones burocráticas, incluso clientelares, castradas por ello de buena parte de su potencial performativo y generador de comunidad política.

Cuando me refiero a políticas percibidas como clientelares, me refiero a que se revierten en la población como clientes de tales políticas no como expresión y consecuencia de una militancia cívica o sindical. Esto se entiende muy bien en la negociación de un convenio colectivo. Si éste es acordado en unas condiciones X, no es lo mismo haberlo hecho desde una gestión administrativa del convenio, que en una gestión compartida y empoderante del mismo (plataformas reivindicativas, asambleas explicativas, alguna movilización). El resultado en términos salariales puede ser el mismo, pero una fórmula crea “militantes” del convenio, la otra beneficiarios. Por esto el sindicalismo cuando se hace bien sigue siendo un elemento más vertebrador real que la política, sometida en general a los vaivenes del estado de ánimo social pero con grandes limitaciones para consolidar organización cívica.

En contraste a lo descrito, las políticas de la derecha suelen ser profundamente estructurales, performativas y desagregadoras para la comunidad. Los relatos culturales se construyen a posteriori para rehacer lazos comunes en claves reaccionarias.

Este verano leí el libro de Jorge Dioni —el más que recomendable “La España de las piscinas”— en el que describe cómo “el urbanismo neoliberal ha conquistado España y transformado el mapa político”. El libro me pareció que tenía muchos elementos de interés pero si tuviera que destacar uno sería que sitúa en una secuencia lógica e incluso cronológica, cómo son políticas materiales las que impulsan formas de vida y relacionales que acaban configurando una determinada cosmovisión entre las personas: una ideología, en el sentido más laico si se quiere. Es un libro que rompe la dicotomía entre los debates culturales y materiales, entre la “política de los relatos” y la “política de las cosas”. Las cosas apisonan el terreno, los relatos surgirán en terreno apisonado y darán cobertura y legitimidad social a posteriores cosas.

Como explica Dioni, el desarrollo de los Programas de Actuación Urbanística (los PAU) en muchas ciudades intermedias y grandes de España —anchas avenidas y construcciones fragmentarias y tendentes al aislamiento; necesidad imperiosa de los vehículos (en plural) privados; retraso comparativo en el despliegue de los servicios públicos básicos (transporte, sanidad, o educación) respecto al desarrollo urbanístico; recurso al endeudamiento para poder pagar la vivienda y los gastos asociados a vivir en esos entornos temporalmente desprovistos de equipamientos— determina una forma de vida que con el tiempo se convierte en una forma de ver la vida, de entender el mundo. Tendente al individualismo, la segregación, la competencia, y alejada de compromisos y lealtades comunes. La asociación de vecinos desaparece y el “sálvese quien pueda” condiciona el sentido común de amplias capas sociales (esa llamada clase media aspiracional que el libro no analiza desde una perspectiva moralista), y desde esa secuencia cronológica se acaban configurando mapas políticos tendenciales.

La política social sin relato que la escriba y sin “fomentar militantes” de lo social, es temporalmente intercambiable en su gestión para no crear conflictos innecesarios antes de tiempo (casi siempre las primeras legislaturas de las derechas son centristas), mientras de forma paralela y como el viejo topo van minando y transformando las bases materiales e instalando una renovada y difícilmente reversible hegemonía.

Por eso saben que los consensos entre fuerzas políticas y económicas se construyen en la sala de máquinas de las políticas materiales. El buldócer siempre en estado de revista, y desde ahí ya construiremos pugnas entre turboliberales o neofalangistas y buscaremos a las parodias en competencia que en cada momento interpreten mejor los estados de ánimo.

El trabajador despedido en “El buen patrón”, Ricky el transportista de plataforma y su mujer Abbie que trabaja como cuidadora en “Sorry we missed you” o las chavalas de Cornellá de Rodríguez Colás, son las personas directamente interpeladas por los ERTE, la conversión de contratos temporales en indefinidos, la presunción de laboralidad de los riders, o el final de la prioridad aplicativa de los salarios de los convenios de empresa por debajo de la red de protección de los convenios sectoriales. Pero es bueno que lo sepan, como paso previo a que se auto-reconozcan como algo. Mi abuela, la que decía lo de que “la cara es el espejo del alma”, también decía eso de que “con las cosas del comer no se juega”. Pues eso.

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