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Los fórceps de la democracia


A Joaquín Navarro y a Luis Menéndez de Luarca (superviviente de la matanza de Atocha), fallecidos esta semana.

Joaquín Navarro era un sindicalista que había liderado la huelga del transporte de Madrid en el año 77. Era la persona que buscaban los ultra-derechistas que irrumpieron en el despacho laboralista de Atocha 55, el 24 de enero de ese 1977. Lo buscaban para asesinarlo y al no encontrarlo dispararon como alimañas provocando la llamada “matanza de Atocha”. Aquel atentado buscaba,  como otros, amedrentar al movimiento obrero y provocar una reacción de las clandestinas CCOO y del PCE que justificase una intervención del ejército para “poner orden” y dar por finiquitada la transición a un sistema democrático.

Conocí a Joaquín Navarro nada más acceder a la secretaría general de CCOO. En un acto en el que se otorgaba la medalla del mérito al trabajo con premiados variopintos como Pau Gasol o María Teresa Campos que ahora recuerde. En ese acto Joaquín estaba muy nervioso y no atinó a leer el breve escrito que tenía preparado para agradecer el reconocimiento. El entonces presidente del Gobierno Mariano Rajoy se levantó y le ayudó a hacerlo en un buen gesto humano. 

Era difícil pensar que aquel hombre trastabillado, dubitativo, frágil y agradecido a sus 85 años, que solía afirmar que se sentía culpable del asesinato de los compañeros del despacho, hubiera sido blanco de una jauría de criminales que pretendía descarrilar el proceso de democratización que pugnaba por abrirse paso en España. Pero fue así.

Fueron muchos Joaquines Navarros los auténticos “fórceps” de la democracia en España. Cuando muere Franco la presidencia del Gobierno la ocupa Carlos Arias Navarro, un asesino apodado “carnicerito de Málaga” por su papel en la represión tras la “conquista” de la ciudad.  Arias distaba mucho de ser un aperturista y según nos cuentan dirigentes de aquellas clandestinas Comisiones Obreras, las intenciones del “franquismo sin Franco” distaban mucho de ser las de promover una democracia pluripartidista y plurisindical. 

El año 76 había sido un año durísimo, con miles de huelgas, millones de horas de trabajo perdidas, y un duro proceso represivo que tuvo episodios como el asesinato a tiros de cinco obreros en Vitoria. Fue aquella reacción de la clase trabajadora más concienciada, fue la dimensión socio-política de aquellas movilizaciones que partían de la disputa material por mejorar las condiciones de trabajo y de vida, pero que rompían las costuras de un régimen autoritario, represivo e incrustado por multitud de elementos reaccionarios, lo que cambió el curso de la historia. Sin aquellas movilizaciones obreras  la transición no hubiera sido la misma. 

España no fue la que tenían en la cabeza los prebostes del régimen porque hubo quien se enfrentó al destino diseñado por los vencedores como glosaría Vázquez Montalbán para referirse a Marcelino. 

Es difícil situar un relato alternativo para una transición que cuenta con uno propio, beatífico y celebrado, que lo sitúa como un pacto de élites lideradas por un brillante estratega borbónico, y por el contrario, con otro relato que la sitúa como una claudicación de la oposición y las fuerzas de izquierdas en una especie de transición-trampa que dejó incólumes los cimientos de franquismo. Me parecen dos lecturas erróneas, simplistas, tramposas y sobre todo muy injustas.

Quizás no sea materia de interés para la sociedad actual este tipo de consideraciones y menos para las generaciones más jóvenes. Pero no debemos renunciar a contar nuestro relato. Nuestra realidad. La complejidad poliédrica de un momento en el que fueron los nuestros los que más jirones de piel y de vida se dejaron por la democracia. Y aunque sea un ejercicio retrospectivo quizás forzado, en estos tiempos de revisionismo, de apropiación indebida del pacto constitucional, de garrrulización atrasista de la vida política por unas derechas con un tono cada vez más reaccionario, no olvidemos nunca quién fue quién. 

Arias Navarro “carnicerito de Málaga” era presidente de un Gobierno del que formaba parte Manuel Fraga Iribarne y que decretó las últimas ejecuciones del franquismo en septiembre del 75. 626 días después se celebraban las primeras elecciones democráticas. Arias y Fraga se presentaban a las mismas por unas listas: las de Alianza Popular. 

Conviene recordar también qué votó cada grupo y cada familia política en el referéndum constitucional, así como los díscolos de cada cual.

Y convendría sobre todo recordar a gente sencilla, humilde y trabajadora, que se jugaba la vida, el puesto de trabajo, ser detenido/a o torturada/o, por hacer una huelga, exigir derechos, militar sindical o políticamente, o formar parte de un despacho de abogados vinculado ideológicamente.

En tiempos donde había bandas de pistoleros campando a sus anchas y con total sensación (justificada) de impunidad. Búsquenles también a ellos, sus referencias, sus vídeos en Youtube, léanles, escúchenles. Observen su tono, el lenguaje, la modulación de la voz, como colocaban el pecho y la barbilla. Quizás les parezca improbable, pero entenderán muchas cosas de la historia de España. La pasada, pero no solo la pasada… 

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