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Precariedad, incertidumbre… ¿ultraderecha?


El pasado jueves 21 de marzo celebramos una jornada que pretendía poner el foco en el avance de las opciones de extrema derecha en Europa. Quizás las palabras más repetidas para explicar el contexto en el que se da este fenómeno político fueran “miedo”, “inseguridad”, “incertidumbres”, “pérdida de expectativas”…

Sin duda, el surgimiento y cierto refuerzo de  las nuevas expresiones reaccionarias no se pueden explicar desde análisis simples ni obedecen a una sola causa. Pero el “lugar común” sobre la pérdida de certidumbres, percepciones de vulnerabilidad y amenazas, para explicar el por qué la búsqueda de respuestas y cobijos simples, colectivos a los que imputar “culpas”, o la “opción nostálgica” en palabras de Habermas, nos debe ocupar y preocupar.

Cuestiones casi de antropología y de necesario análisis coral. Pero quiero situar algunos datos para que lext derechaa dimensión material de la incertidumbre, vinculada al empleo, no desparezca del análisis en un momento en que hay un intento evidente de negar el empleo y el mundo del trabajo como categoría de incidencia política.

Primer apunte. Si desglosamos la población activa española a cierre de 2018 obtenemos una foto de la extensión de la precariedad laboral:

  • el 14% son personas en paro
  • el 5% son temporales a tiempo parcial
  • el 14% temporales a jornada completa
  • el 6% indefinidos a tiempo parcial
  • el 14% es población ocupada por cuenta propia
  • solo el 46% de la población activa tiene un trabajo asalariado, con contrato indefinido y a tiempo completo

Si atendemos a las personas trabajadoras por cuenta ajena afiliadas en el Régimen General de la Seguridad Social también llegamos a la conclusión de que menos de la mitad, el 48.2%, tienen un contrato indefinido y a jornada completa.

Pero atención. Hace unas semanas CCOO hacía público un estudio según el cual el 37% de los nuevos contratos indefinidos no llega a cumplir un año de antigüedad. Este porcentaje era del 22% antes de la reforma laboral de 2012.

Pero es que el 50% de los nuevos contratos indefinidos suscritos en 2017 no han llegado a durar dos años. Lo que todavía hay quien denomina “contrato fijo” ha dejado de ser sinónimo de estabilidad en el empleo.

Hay más. Las personas asalariadas con contratos temporales han tenido que firmar 5,6 contratos de media durante 2018, para trabajar todo el año. Esta ratio era de 3,8 contratos antes de la crisis. El 35% de los nuevos contratos en 2018 lo fueron a jornada parcial, la mayoría de las veces no deseados ya que se buscan contratos a jornada completa.

La dimensión de las cifras nos hablan no ya de una característica indeseada del modelo laboral español, sino de un cambio de paradigma en el que las empresas están canalizando buena parte del riesgo empresarial en precarización del empleo, y por tanto en incertidumbre vital que afecta a millones de personas.

Añadámosle prácticas de “ingeniería empresarial” donde trabajadores/as formalmente en un régimen como el de autónomos realmente están asumiendo de forma interpuesta costes que deberían asumir las empresas que realmente disponen de su fuerza de trabajo. Sin ir más lejos en las falsas cooperativas de trabajo asociado donde CCOO hemos actuado en decenas de casos para corregir situaciones que empleaban a 25 mil (falsos) autónomos.

Sumemos la penetración de la economía de plataforma, donde la disrupción tecnológica  como elemento de mediación laboral, acelera hasta el extremo esa externalización de responsabilidades, y tendremos un mapa general de la inestabilidad laboral.

Aventuro que esta inestabilidad laboral está determinando ya un paradigma de incertidumbre vital para amplias capas de la sociedad española. Y que no es sólo un planteamiento socioeconómico nefasto, sino probablemente una categoría política a la que no se presta demasiada atención.

Sujetos individualizados, “descolectivizados” y de difícil organización. El sindicato debe tratar de integrar lo que la empresa desintegró. Pero no vendría mal para hacerlo contar con mayor valentía a la hora de regular convenientemente esta jungla laboral, dentro de un marco de concertación social que aborde cuanto antes estas cuestiones estratégicas. No sé si hay alguna prioridad política mayor en la izquierda, que tal vez (y digo tal vez) ha pensado que las categorías sociolaborales eran secundarias a la hora de condicionar comportamientos sociales.

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