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¿Pero, ha creado empleo la reforma laboral?


 

Entre los defensores de la reforma laboral el argumento más recurrente es darle la virtud de haber contribuido a la “creación” de empleo de una manera decisiva. Incluso entre una parte de quienes defienden la necesidad de retocar o corregir la reforma, se suele reconocer esa contribución, aunque consideran que “se ha pasado de frenada” en cuanto a provocar la caída de los salarios, y que por eso hay que modificarla.

Pero ¿de verdad la reforma laboral de 2012 tiene una responsabilidad relevante en la creación de empleo en España? ¿Aclaran algo los datos al respecto?

Nuestro país tiene, entre otras características, un modelo económico, una estructura productiva y un mercado  laboral que actúa “a espasmos”. En las crisis destruye empleo como nadie y en los periodos de recuperación macroeconómica lo vuelve a crear a ritmos más rápidos que otros países del entorno. Dicho de otra manera, en España las crisis se ajustan mediante destrucciones brutales de empleo.

Esto ha ocurrido en otros momentos históricos. Cabría preguntarse si en la actual recuperación, tras la reforma laboral, el aumento del empleo ha sido mayor o menor que es esos otros momentos. Pues bien, el ritmo de aumento de las horas trabajadas en relación al incremento del PIB está, en la etapa de crecimiento actual (2014-2018), un 11% por debajo del observado durante la etapa de crecimiento anterior (1997-2007)

 

El volumen de horas trabajadas ha aumentando, en media, un 0,77 puntos porcentuales por cada punto de incremento del PIB, durante el período de crecimiento actual (entre 2014 y 2017), último año completo disponible en la Contabilidad Nacional Anual del INE.

Esto supone un empeoramiento en la relación entre el volumen de horas trabajadas y el PIB, con respecto a la etapa de crecimiento anterior (1997-2007). En este período, las horas trabajadas crecieron una media de 0,82 puntos porcentuales por cada punto de aumento del PIB.

El empleo (equivalente a tiempo completo) ha crecido un 2,5% de media, en los últimos cinco años del nuevo ciclo de crecimiento (2014-2018). Este ritmo se encuentra apreciablemente por debajo de las dos salidas de crisis anteriores. En la recesión de mediados de los noventa, el empleo tuvo un crecimiento medio anual del 3,1% en los cinco años posteriores (1995—1999) y del 4,5% en el quinquenio posterior (1986-1990) a la crisis que se inició a mediados de los setenta y terminó a mediados de los ochenta.

Es decir, la etapa de crecimiento actual está siendo menos intensa en la recuperación del empleo perdido durante la recesión que en las anteriores salidas de crisis. Por tanto los efectos supuestamente benéficos de la reforma laboral de 2012 en este aspecto, son más que cuestionables.

Y es que la legislación laboral tiene una importancia relativa a la hora de explicar la creación de empleo. Con las mismas leyes, en España la tasa de paro de unos territorios triplica las de otros. Por tanto serán otras las razones que expliquen el volumen de empleo y nuestro diferencial con Europa.

Con todo, la reforma laboral si que ha conseguido muchos de los logros para los que realmente se concibió: la bajada salarial en la recesión y las dificultades para recuperar sueldos cuando crece la economía por un lado; por otro, la precarización del empleo (volvemos a altísimas tasas de temporalidad, pero con mayor volatilidad aun, pues ha aumentado la rotación de contratos temporales y también la de los indefinidos).

El tiempo dará y quitará razones, pero todo parece indicar que cuando llegue una nueva recesión, los ajustes en las empresas girarán una vez más sobre el empleo.  Habría que cambiar el sistema de incentivos, para que la precariedad en la contratación y el despido, sean los últimos recursos en las empresas ante los problemas económicos. La reforma laboral en muchos de sus aspectos, por el contrario, incentiva que las empresas apuren las ventajas regulatorias (contar con una legislación laboral cada vez más laxa) en lugar de un modelo que favorezca  la inversión para mejorar la calidad y el contenido tecnológico de los productos y los procesos de producción, vinculado a un sistema de estabilidad en el empleo.

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