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El mundo del trabajo como factor de progreso. Del 20-N a Trump


 

Un 20 de noviembre de 1975, moría en la cama Francisco Franco. Aupado a la jefatura del estado mediante un golpe militar que desencadenó una guerra civil de resistencia al fascismo y que preludió la posterior guerra mundial. Casi 40 años de dictadura férrea derivaban en una transición política de la que se ha hecho una versión sumamente edulcorada, como un pacto de élites promovido por la habilidad política y altura de miras de referentes aperturistas del régimen junto a los principales líderes de la oposición clandestina.

Lo cierto es que la transición no fue un proceso lineal, ni tan preestablecido como se quiere hacer creer. La primera opción tras la muerte del dictador, tuvo mucho de continuista, una especie de reinvención del “franquismo sin Franco” que representaba el Gobierno de Arias Navarro. En aquellos momentos se planteó un proceso de legalización selectiva de partiabogadosdos y sindicatos donde las Comisiones Obreras quedaban fuera de la primera “oleada legalizadora”. La estrategia fue contestado con 17.631 huelgas y 150 millones de horas de trabajo perdidas. Aquel “verdadero motor de todo el aparato subversivo de España” como definió a las todavía clandestinas CCOO un Coronel del Servicio de Inteligencia, dejó claro que “aquí cabemos todos o no cabe ni dios”.

Hablamos de los tiempos en los que en Euskadi las CCOO peleaban por abrirse paso en el convulso panorama político vasco, donde el 3 de marzo la policía armada asesinaba a 5 trabajadores y hería de bala a más de 150. En Madrid, el despacho laboralista de la calle Atocha sufría un atentado que segaba la vida de 5 compañeros a manos de pistoleros fascistas que buscaban a un sindicalista del transporte promotor de una huelga en el sector. Huelgas, como recuerda la hemeroteca, donde el ejército se hacía cargo del “esquirolaje”.

fragaEl mundo del trabajo, cuando está organizado, es protagonista de los grandes cambios sociales. El sindicalismo es la forma de organización de la clase trabajadora y debe ser un cuerpo vivo, adaptado a los tiempos que vive para seguir representando el interés colectivo de la mayoría social que depende de su fuerza de trabajo para vivir, para construir su verdadera dimensión ciudadana.

En los 60 o en los 70 tuvimos que adoptar unas formas de organización y de lucha propias de un tiempo concreto, de una salida de una dictadura que sabíamos que desembocaba en algo, pero ese algo podía ser un mar o una cloaca más.

Hoy requerimos formas de organización y lucha distinta. Pero en cierto modo también estamos en un periodo de transición. El cambio en la organización de las empresas, la globalización de la economía y del poder, la diversificación de una clase trabajadora distinta, nos obliga a repensar nuestras herramientas.

Hay quien quería enterrar la incidencia sociopolítica del mundo del trabajo, el sindicalismo sociopolítico y de clase, mientras anunciaba el final de la historia y el triunfo del liberalismo. Vemos que resurgen movimientos reaccionarios a caballo de las consecuencias antisociales de la globalización y de la incapacidad de las instituciones clásicas de dar respuesta a las necesidades de la mayoría social. Decía Antonio Gramsci que “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

El ideal ilustrado de una ciudadanía como expresión de una voluntad democrática canalizada por el derecho, está demostrando sus limitaciones. La distribución material de recursos y poder sigue siendo un elemento central para ejercer esa ciudadanía. Si no se queda en el terreno declarativo y genera desafección y rechazo.

mexicans-for-trumpMe resulta incomprensible que sesudos analistas en las principales tertulias de radio de este país pretenden explicar porqué “clase trabajadora blanca” ha impulsado a Trump, y a continuación se tiren 20 minutos hablando sobre qué hay que hacer con el Salario Mínimo Interprofesional sin dar voz a ninguna organización sindical.

No ha sido solo el liberalismo quien ha acariciado la idea del mundo del trabajo des-organizado, des-representado y des-politizado. Y ellos, nuestros viejos demonios que toman formas más o menos esperpénticas en forma de Trump, Orban, Lepen o Brexit, si leen e interpretan desde su demagogia, la cuestión de clase.

En los 70 evitamos la continuidad de la cloaca; tenemos que tener la inteligencia colectiva para que la clase trabajadora sea un factor de progreso y no de reacción; para seguir representándola y organizándola en pos de la justicia, la libertad y la igualdad. Y no lo podemos hacer solas y solos.

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